Informes sobre patrimonio histórico de Castilla-La Mancha

Nº 2 - Marzo 2011

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EL VERRACO DEL MUSEO LA CELESTINA (LA PUEBLA DE MONTALBÁN, TOLEDO)

Jesús Álvarez-Sanchís Departamento de Prehistoria, Universidad Complutense de Madrid
Pascual Clemente López Técnico de Museo de Albacete

Una de las manifestaciones arqueológicas más llamativas de la Península Ibérica durante la Segunda Edad del Hierro y los comienzos de la romanización, es la escultura zoomorfa en piedra, popularmente conocida como "verracos". Las especies que se representan son dos, toros y cerdos, pero cuando los detalles lo permiten también es posible diferenciar el jabalí.

Estas esculturas están talladas en bloques de granito donde se representa al animal de cuerpo entero así como el pedestal que lo sustenta. Su plástica responde a unos rasgos bastante comunes. En líneas generales acusan una evidente simplicidad en las formas y cierto grado de abstracción, pues aunque en algunas ocasiones se observa la intención de querer indicar detalladamente las diversas partes que constituyen la anatomía del animal representado, lo habitual es que el escultor se ciña a unas líneas básicas - cara, testuz, papada, sexo, rabo, extremidades - que permitan identificar la especie y la anatomía del animal representado. La postura es siempre la misma, de pie, con las extremidades paralelas, ofreciendo al espectador un solo punto de vista, el frontal o, mejor dicho, el frontal-lateral. La única variación admitida consiste en representar a la pieza en actitud de acometer, con la posición avanzada de las patas. Sus dimensiones no son uniformes, desde ejemplares de menos de 1 metro hasta esculturas de casi 2,80 m de longitud, y suelen presentar los órganos sexuales muy marcados, tratándose siempre de machos y nunca hembras.

El área de dispersión de estas esculturas abarca las tierras occidentales de la Meseta, esto es, las provincias de Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo, Cáceres y las comarcas portuguesas de Trás-os-Montes y Beira Alta, coincidiendo en gran parte con el territorio que las fuentes antiguas adjudican a los vettones, una de las poblaciones más importantes de la Segunda Edad del Hierro (Roldán Hervás 1968-69; Martín Valls 1974; Álvarez-Sanchís 1999: 321-328). Aunque en algunos casos da la impresión de que se hallan en los territorios, o al menos en "tierras de frontera", de otros grupos como los galaicos y vacceos al NO. y Norte respectivamente, los carpetanos al Este y los lusitanos al Oeste (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002).

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Figura 1: Límites geográficos de los vettones y etnias limítrofes según las fuentes, y localización de los principales yacimientos (Álvarez-Sanchís 2003).

No es fácil precisar cuantos verracos completos y fragmentados existen o han existido. Hoy día conocemos poco más de 410 esculturas que, aún siendo un elenco numeroso, debe estar reflejando, sin duda alguna, sólo una pequeña parte del bestiario real esculpido en la Segunda Edad del Hierro (Álvarez-Sanchís 1999: 221 ss.; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008: 217). Por un lado, sabemos que en distintos momentos del pasado histórico se destruyeron y reutilizaron esculturas, por ejemplo, en casas nobles y murallas medievales como las de Ávila (Rodríguez Almeida 1981), o incluso más recientemente algunos fueron destruidos en Salamanca en el siglo XIX por la creencia errónea de que los verracos eran signos de infamia impuestos por el rey Carlos V a los comuneros y sus simpatizantes (Morán 1942: 251). Por otra parte, el número creciente de descubrimientos durante las dos últimas décadas (Martín Valls y Pérez Gómez 2004), demuestra indirectamente el número de piezas que siguen ocultas o enterradas en la tierra. Casi la mitad del corpus procede de la provincia de Ávila, siendo la capital abulense la que concentra el mayor número de ejemplares y los Toros de Guisando (El Tiemblo) el conjunto más representativo.

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Figura 2: Distribución geográfica de las esculturas de verracos en la Meseta occidental (Álvarez-Sanchís 1999).

El verraco

La pieza que presentamos a continuación fue hallada en el año 2006 por D. Carlos Rodríguez Muñoz, en un paraje dedicado al cultivo del cereal conocido como "Vega de los Caballeros", en el término municipal de La Puebla de Montalbán (Toledo), en los alrededores de una pequeña casa de labranza en ruinas, junto a la margen derecha del río Tajo. Es un depósito del Museo de Santa Cruz de Toledo (Nº Inv.: 2010/2) y se expone al público en la sala dedicada a la historia de La Puebla de Montalbán del Museo La Celestina, sito en la misma localidad. La escultura apareció mientras se realizaban unas zanjas para una conducción de agua (Clemente 2010: 26), aunque desconocemos las circunstancias concretas del hallazgo y si ése era su emplazamiento original. Sí sabemos que a escasos metros del mismo sitio fueron hallados en 1975 un ejemplar de toro de dimensiones análogas, expuesto en el Museo de Santa Cruz de Toledo (Martín Aragón 1977: 91-92; Álvarez-Sanchís 1999: 364, nº 276) y varios fragmentos de lápidas romanas, hecho éste que motivó en su momento una breve intervención arqueológica para determinar la naturaleza del yacimiento (Caballero y Latorre 1980: 22, nota 28). Se recogieron, según consta en el informe inédito, varios fragmentos de cerámica indígena pintada y terra sigillata, así como cimentaciones de muros y otros restos constructivos.

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Figura 3: Lugar de hallazgo del verraco, en el sitio conocido como "Vega de los Caballeros" (La Puebla de Montalbán, Toledo). Al fondo, a la izquierda, casa de labranza.
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Figura 4: Carta arqueológica de La Puebla de Montalbán (Toledo). Yacimiento nº 24, donde aparecieron los verracos.

En esta ocasión se trata de una escultura de granito tallada en un solo bloque que representa un cerdo, de 58 cm de altura, 85 cm de longitud y 35 cm de anchura. La pieza está prácticamente completa y bien conservada, aunque le falta parte del morro y en una de sus caras se aprecian varias hendiduras, seguramente producidas en el transcurso del hallazgo. Consta de peana original, con vano de separación entre ella y el cuerpo del animal. El animal está representado en actitud de movimiento, con las extremidades delanteras ligeramente avanzadas. Se aprecian con claridad antebrazos, rodillas y codos o corvejones, así como las pezuñas, el sexo y el espinazo en el dorso. Se advierten asimismo varias cazoletas o concavidades en el lateral izquierdo. Tipológicamente la escultura se adscribe al grupo de verracos de dimensiones medias o relativamente pequeñas (tipo 3), de talla poco cuidada –sólo se representan los atributos que se consideran esenciales en la captación del animal, al tiempo que se reduce el volumen corporal- habiendo alcanzado una amplia difusión por todo el ámbito vettón y tierras limítrofes de astures, vacceos y carpetanos (Álvarez-Sanchís 1999: 251, 268-272). En cierto modo, en esta plástica son bien visibles las tendencias esenciales que se advierten en el arte meseteño de finales de la Edad del Hierro y los comienzos de la romanización, a saber, su carácter formulario y el recurso a la estilización. El problema de su datación no puede considerarse totalmente resuelto, pero podemos llevar este ejemplar a los siglos II-I a.C., en el contexto pleno de la conquista romana.

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Figuras 5, 6, 7: Escultura de verraco procedente de la "Vega de los Caballeros" y expuesto en el Museo La Celestina.

Además de los dos verracos de La Puebla de Montalbán, creemos de interés señalar el gran parecido que uno de ellos, el que aquí presentamos, tiene con los verracos de Alcolea de Tajo (finca El Bercial), Calzada de Oropesa y Talavera la Nueva (Álvarez-Sanchís 1999: 363-365, nº 261, 265 y 279), este último de mayor tamaño, hallado en las inmediaciones de una gravera municipal y expuesto desde entonces en el Museo de Santa Cruz de Toledo (Álvarez-Sanchís 1993: 160; Castelo Ruano y Sánchez Moreno 1995: 317 ss.). Estos datos refuerzan la idea de un taller local que pudo estar funcionando desde época prerromana en este sector del valle medio del Tajo.

Las esculturas, los poblados y sus gentes en el valle medio del Tajo

La geografía actual de las tierras centrales del Tajo no enmascara demasiado su aspecto primitivo, al menos si nos referimos a la potencialidad de los suelos y a las formas básicas del clima y del relieve. No parece arriesgado aventurar que el paisaje agrario siempre se ha decantado a favor de la ganadería extensiva y el aprovechamiento forestal, teniendo en cuenta las particulares características del medio natural, el proceso histórico de ocupación y el dominio durante siglos de una economía cerrada, basada en la complementariedad territorial de fondos de valle y cumbres. El castro es el tipo de hábitat más característico durante la Edad del Hierro. Se trata de un pequeño asentamiento que tiene un emplazamiento defensivo natural, a menudo complementado con murallas de piedra y otras defensas artificiales. La aparición de estos poblados en cerros y colinas de fácil defensa, controlando el territorio circundante, fue un episodio importante en la vida de las comunidades vettonas y carpetanas. En este sector se concentran en torno al río Tajo y junto a excelentes vías de comunicación, explotando las fértiles tierras de fondo de valle. En algunos casos se levantaron verdaderos puestos estratégicos, castros que controlaban estrechamente los vados del río y por tanto los pasos naturales con la Meseta Norte (Ortega y del Valle 2004; Chapa y Pereira 2006). Los vemos en Talavera la Vieja, El Carpio (Belvís de la Jara), Calera de Fuentidueña (Azután), el Cerro de La Mesa (Alcolea de Tajo, Toledo) o el propio oppidum carpetano de Toletum, que puede identificarse sin problemas con la ciudad de Toledo (Carrobles 2009). Muchos ofrecen una amplia secuencia de ocupación, es más, la continuidad que ofrecen algunos sitios desde el siglo VI a.C. hasta la conquista romana, demuestra que los vettones y los carpetanos de época histórica hunden sus raíces en la prehistoria final (Álvarez-Sanchís 2007).

A finales de la Edad del Hierro el comercio a través del Tajo empezaba a estar sólidamente establecido, y es posible que los asentamientos más cercanos a estas vías estuviesen involucrados en el transporte de bienes y materias primas (Álvarez-Sanchís 2003). Es más que razonable suponer que las ciudades vettonas de Augustobriga y Caesarobriga, identificadas con relativa facilidad con las actuales Talavera la Vieja y Talavera de la Reina, emergieran como resultado de la actividad comercial de Roma con los grandes oppida del Tajo. Ambos núcleos tendrían su origen en los siglos I a.C. y I d.C. respectivamente, teniendo en cuenta la documentación lingüística y epigráfica que se conserva. Su ubicación junto al río Tajo, en el trazado de la vía 25 del "Itinerario de Antonino" (438, 2-439) - Alio Itinere ab Emerita Caesarea Augusta - también repetido por el "Anónimo de Rávena" (312, 7-16), reafirma el importante papel aglutinador desempeñado por esta vía de comunicación. No hay que descartar que en los mismos sitios existieran asentamientos prerromanos de cierta entidad. Hay indicios que se orientan en este sentido, como las esculturas de verracos de gran tamaño procedentes de los alrededores, los contactos seculares que la comarca talaverana ha venido manteniendo durante toda la Edad del Hierro y la antigüedad de algunos materiales recuperados en superficie. Existe, además, una mención concreta en Plinio que las refiere como ciudades estipendiarias de la provincia de Lusitania a comienzos del Imperio, derecho que Roma concedía en ocasiones a ciudades indígenas preexistentes.

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Figura 8: Distribución de verracos en el valle medio del Tajo y áreas limítrofes (Álvarez-Sanchís 1999).

La vitalización de ambos oppida se explicaría básicamente por: (1) su privilegiada posición en los circuitos de intercambio al controlar los vados del río Tajo, en la vía de comunicación que unía Emerita Augusta con Toletum, accediendo así a las ciudades del interior, (2) las posibilidades agrícolas del entorno, fundamentalmente hortícolas en la llanura aluvial, cuya comercialización implicaría una demanda rápida en zonas no demasiado alejadas al tratarse de productos en su mayor parte perecederos, y (3) la riqueza metalúrgica de las vertientes norte y occidental de los Montes de Toledo, y del propio río, sobre todo en forma de oro, cobre, estaño e hierro, que a la larga debió servir como medio de enriquecimiento de las oligarquías locales, facilitando su acceso a la ciudadanía latina y romana. La lógica interna de los hechos parece demostrar que la jerarquización del valle medio del Tajo pueda razonablemente ser relacionada con el desarrollo de estos "lugares centrales" a finales de la Edad del Hierro (Álvarez-Sanchís 1999: 122-128 y 2007), nutridos a partir de la población rural circundante y dentro de un programa de ordenación general del territorio.

Como en otras zonas de la Meseta, es casi seguro que vettones y carpetanos tuvieran campos de cultivo bien delimitados junto a los poblados. El hierro permitió fabricar instrumentos de gran utilidad en las tareas agrícolas. Se pudo así cultivar suelos más profundos en las partes bajas de los valles, hasta el punto de colonizar zonas que aún no habían sido ocupadas. En casi todas las viviendas (Arroyo Manzanas, Cerro de La Mesa, Toledo, El Raso, Las Cogotas...) se han hallado restos de molinos circulares de dos piezas. En estos molinos, el grano de cereal se trituraba y transformaba en harina para consumo doméstico. Los restos de trigo y cebada hallados en las casas sugieren que éstos fueron los cultivos más importantes, con el complemento de unas pocas variedades de legumbres y bellotas. Los bóvidos resultarían los animales más valiosos, pero seguramente los rebaños de cabras y ovejas aportaban más calorías en la alimentación diaria. Aparte de la leche y la carne, el ganado proporcionaba numerosos artículos de primera necesidad. Las pieles, el cuero, los huesos y las cornamentas se destinaron a la realización de prendas, adornos y variados tipos de instrumentos. Por su fuerza física, los bóvidos se emplearon también para la carga, el transporte y la agricultura. Si tenemos en cuenta lo limitadas que pudieron ser sus posesiones, podemos apreciar la enorme importancia que debió tener el ganado como materia prima en estas poblaciones. Los restos arqueológicos nos hablan de una producción diversificada, pero no podemos descartar la existencia de una cabaña especializada en el sector porcino y bovino. De algún modo, este dato justificaría la importancia económica e ideológica del toro y el cerdo, cuya relación con las conocidas esculturas de verracos es indudable.

Cronología y significado de los verracos

La cronología y la finalidad de los verracos son objeto de una gran controversia. Las exploraciones arqueológicas llevadas a cabo a comienzos del siglo XX en algunos asentamientos fortificados de Ávila y Salamanca, así como la excavación del castro vettón de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila) por Juan Cabré a partir de 1927, fraguaron la idea de ver en las esculturas símbolos protectores de los ganados, es decir de la riqueza básica de estas comunidades de la Edad del Hierro (Cabré 1930). La hipótesis fue compartida por otros muchos investigadores y ha tenido un extraordinario peso hasta la actualidad (Álvarez-Sanchís 2008). Sabemos que algunos verracos de gran tamaño fueron esculpidos a partir del siglo IV a.C. en el interior de los recintos amurallados de las ciudades vettonas, o bien junto a las entradas principales y los caminos de acceso. Los vemos por ejemplo en La Mesa de Miranda (Chamartín, Ávila), Yecla la Vieja (Yecla de Yeltes, Salamanca), Irueña (Fuenteguinaldo, Salamanca), Las Merchanas (Lumbrales, Salamanca) o en la propia ciudad de Ávila (Puerta de San Vicente). Este dato permite plantear una función apotropaica, como defensoras del poblado y el ganado. Sin embargo, sólo un pequeño porcentaje de las esculturas conocidas se asocia a un poblado o se halló en torno a él. En alguna ocasión se ha querido interpretar a las esculturas como ofrendas votivas a una divinidad protectora de la comunidad, pero no hay nada seguro en este sentido. Sea como fuere, los animales representados evidencian un notable simbolismo religioso.

También se ha señalado una cronología y una funcionalidad diferente para una parte de esta plástica, sobre todo aquella de proporciones más reducidas (en torno a 1 m de longitud o menos) y geométricas. El hecho de que algunas esculturas apareciesen asociadas a bloques de piedra prismáticos con una pequeña cavidad destinada a depositar las cenizas del difunto, sobre el que teóricamente se levantaría la escultura zoomorfa, se ha querido interpretar como un sencillo monumento funerario entre los vettones romanizados del siglo II de nuestra era. Así parece demostrarse en las esculturas que se hallaron en Martiherrero (Ávila) (Martín Valls y Pérez Herrero 1976). También, aunque en algunos casos se encuentran en muy mal estado de conservación, algunos verracos presentan inscripciones latinas de carácter funerario. Se trata de epitafios con indicación de los nombres del difunto y filiación, datados en los siglos I y II d.C. En cualquier caso, la consideración de estas esculturas como monumentos funerarios sólo afecta a una parte mínima de las esculturas conservadas. Es muy posible que la mayor parte de ellas se erigiesen con anterioridad a la definitiva conquista de estas tierras por parte de los romanos, aunque su uso pudo continuar en las siguientes generaciones. Incluso las inscripciones pueden haber sido añadidas con posterioridad a la realización de la estatua.

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Figura 9: Tamaños comparativos de las esculturas de verracos (Álvarez-Sanchís 1999).

Las investigaciones más recientes insisten en una explicación de carácter económico y en la localización de estas figuras en el paisaje a la hora de abordar su significado (Álvarez-Sanchís 1999: 281-284 y 2003). Trabajos en el valle medio del Tajo, en tierras limítrofes de Toledo y Cáceres, van en esa dirección. Por ejemplo, se ha demostrado que la mayor parte de las esculturas conocidas en la zona (hoy superan la treintena) se distribuyen en áreas próximas pero no inmediatas a los poblados -entre 2000 y 5000 m de distancia por término medio - aunque suele existir una buena intervisibilidad entre los asentamientos y las áreas de pastos. Más del 70% se distribuye en explotaciones de dehesa, como los verracos de Alcolea de Tajo, Las Herencias, Torralba de Oropesa y Torrecilla de la Jara, rasgo que contrasta significativamente con el modelo "agrícola" de los poblados. Además, se da el hecho de que las agrupaciones más importantes se concentran en la mitad occidental de la cuenca, entre las estribaciones de la Sierra de Altamira y el Tajo, en zona de dehesas (Álvarez-Sanchís 2007). El lugar elegido para su erección señalaría por tanto la importancia de estas tierras, fácilmente controlables desde las comunidades campesinas, lo que de algún modo indica que los terrenos de éstos no estaban disociados de aquéllos. El recurso a las herramientas propias de los Sistemas de Información Geográfica y la Estadística Inferencial, como de hecho se está aplicando con algunos verracos (Charro Lobato 2008), puede aportar en el futuro interesantes novedades.

La nómina de verracos conocidos en la región del Tajo es también importante si se compara con los escasos ejemplares (Totanés, Argés, San Martín de Pusa, La Puebla de Montalbán) hallados al este de Talavera de la Reina - tierras limítrofes con los carpetanos - al norte - Campo Arañuelo - y al sur - Sierras de Guadalupe, Altamira y Montes de Toledo -. No se sabe bien cómo era la estructura de la propiedad de estas poblaciones, pero cabe suponer que dada su economía fundamentalmente pastoril cada comunidad tendría unos terrenos propios dentro de los cuales pastarían los ganados. De manera que las esculturas habrían servido como una especie de hitos de piedra o marcadores territoriales, destinadas a señalar un recurso económico esencial para la subsistencia del ganado -los pastos- cuya explotación sería organizada por los jefes de las diferentes comunidades que se asentaban en el valle. La idea de considerar a los verracos como delimitadores de áreas de propiedad se corresponde muy bien con el tipo de sociedad jerarquizada que se observa en los cementerios excavados de Ávila (Las Cogotas, La Osera) y Cáceres (La Coraja, Botija), con una aristocracia que probablemente basaría parte de su riqueza en la posesión de cabezas de ganado mayor (Álvarez-Sanchís 2003: 81 ss.). La explotación de la tierra, el acceso a los pastos y el control de los recursos debieron ser los pilares de estos grupos dirigentes durante la Edad del Hierro. El territorio estaría controlado por una aristocracia que debió mantener relaciones entre sí, compartiendo una simbología común - los verracos - y, probablemente en muchos casos, unos mismos artistas.

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Figura 10: Museo La Celestina. La Puebla de Montalbán (Toledo).
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