Nº 2 - Marzo 2011
Un buen puñado de maneras de ver el mundo. Quizá es una buena frase para comenzar el balance de lo sucedido entre las paredes del ECAT en los últimos dos años, y hacer una pequeña reflexión sobre los últimos párrafos escritos en la biografía del Antiguo Archivo Histórico de Toledo. Instalaciones de la más diversa índole, temas llenos de poesía por arte, otros de obvia implicación social, sin echar en falta el compromiso político en muchos de ellos. El diario del espacio está lleno de historias que van desde la sensibilidad más particular a la emoción de lo puramente colectivo.
Pensamiento, la naturaleza de lo que somos y del entorno que creamos para vivir, reflexiones a cerca de lo social, de la política, acciones y perfomances con vida de inauguración cuya huella quedó registrada en los días que siguieron. De todo esto hubo un poco, y sobre todo, casi como protagonista, la inestimable colaboración de un público visitante para el que muchas de las obras expuestas a lo largo de estos dos años estaban especialmente concebidas. El público, una vez más, les dio sentido.
Entre los que se decantaron por la instalación más poética estuvo Maite Camacho, que no paró “Buscando la Postura” apropiada en una silla múltiple, que nos hablaba de la naturaleza de un ser humano esperante, condenado a buscar una cómoda pose para una larga y existencial espera.
Disparando a discreción emoción de artista estuvo Miguel Ángel Fernández. Dibujando aquellos pétalos chorreantes de tristeza y fugacidad, su intervención fue un maravilloso acto revolucionario de Belleza que nos recordó lo poco que tarda la vida en extinguirse, la evaporación de los segundos vitales grabada en la huella de los casquillos, que dispersos por la sala, fueron los restos reveladores de los disparos de pintura estallando contra la pared.
Y hablando de belleza por belleza, “Línea Estancia” de Santiago Torralba. Intervino el espacio de tal modo que el silencio, el blanco y la ausencia de estridencias visuales, se aliaron con una manera de percibir el mundo donde la línea pura reorganizaba el espacio dado, creando así un alivio de vacío y claridad propicio para, que en su interior, se produjese el nacer de una vida emocional sin mas condicionantes que el de la calma en estado bruto.
“Marineris”, de Adrián García, fue también una reflexión a cerca de cómo reorganizamos nuestro entorno, no el arquitectónico, sino que más bien hablaba de una fórmula combinada de Tecnología al servicio de la Naturaleza, en la que el artista concebía esperanzas de un ser humano evolucionando hacia la perfección completa de comunión con lo que le rodea.
“Fosa Común” de Tomás Ruíz y Günter Schwaiger abrió esa temporada. Exposición dura y significativa por su carga política, polémica y reivindicativa de un pasado doloroso, de una herida de guerra del que nuestro país parece no haberse curado con justicia hoy en día.
Y nos quedamos en Toledo para hablar del Colectivo PKMN, porque este fue el lugar elegido por el grupo para hacer realidad un proyecto que tuvo esta ciudad como protagonista absoluta de su intervención. Arte social, funcional, colectivo, para crear un diálogo abierto con el ciudadano convertido, momentos más tarde, en artífice y espectador. “Toledo crea Toledo”, así se llamó el resultado de esa conversación, articulada en varias acciones llevadas a cabo a pie de calle y recogidas, después, en sala. Creación y modificación de los lugares que habitamos, ese fue el estribillo.
Y cambiando ya de temporada, otro colectivo actuó también en el espacio del ECAT. “Cal y Canto”, huella de la acción que inauguró la muestra de Batbirulau. Muy cercanos igualmente al trabajo de intervención en calle, en esta ocasión se inclinaron por la intimidad de la sala para vestir con algo de luz y poesía el luto sobrecogedor de algunas costumbres protagonistas de nuestro pasado más reciente, y sumergirnos así en un trance evocador de denuncia y recuerdo de quienes somos y de dónde venimos.
David Maroto. “El corazón del sujeto es una pieza del exterior” fue su exposición. Nos contó otra historia de una manera totalmente diferente. Su herramienta fue un collage espacio-temporal que desvelaba los mecanismos de funcionamiento de la percepción humana. Con ello quería indagar, precisamente, en los elementos que nos componen. La conclusión. Estamos hechos de piezas infinitas, partes de un puzzle emocional de los más complicados de armar en su totalidad. El azar fue su más fiel aliado.
De fidelidad, a su modo, habló Víctor Pulido. “Vida Perra”. El mejor amigo del hombre como excusa para estudiar el carácter del hombre mismo. El esperpento estuvo servido y listo para consumo de un espectador, del que se requería un sentido del humor pleno para comprender una exposición llena de brillante sarcasmo, y dosis importantes de inteligente don antropológico.
Otra historia, la de “El topo y la Anguila”. Diego del Pozo nos habló de Amor en tiempos de guerra, de vida, de lucha. Una fábula contemporánea sobre la robótica de un ecosistema artificial creado en función de los peores fines lucrativos. Y de cómo vencer. El amor salva.
El Amor como arma de defensa, la Belleza como el lenguaje más devastador de idiomas pobres por violentos. José Luís Luzardo optó por el silencio para su obra, para su Don de-Babel, una exposición que hablaba bien alto del laberinto de la palabra, del problema del continente africano en toda su magnitud. Ocupaciones territoriales, enfermedades, pobreza, hipocresías religiosas, política… poder. Denuncia sublime elevada sobre esa gran instalación que presidió la sala del ECAT durante un tiempo.
Si la voz de África fue el silencio de Luzardo, la de Latinoamérica fue la exposición de Maite Alaz. La voz de la mujer contando realidades particulares, en primera persona, se hizo extensible a una sola voz, colectiva. Preguntas y respuestas de compromiso social.
La transformación física del espacio corrió a cargo de Jota Izquierdo. Arquitectura dentro de arquitectura fue “Desconocido nº1”. Arquitectura efímera construida al calor de mantas térmicas que sumieron al espectador en un balanceo entre los conceptos de envolver y proteger. Homenaje a El Greco, a la ciudad de Toledo, por tanto, entre otras idas y venidas conceptuales.
Este es un recorrido sucinto por los dos años de exposiciones celebradas en el ECAT de Toledo. Coherencia, ha sido la constante de un programa expositivo, donde el valor más importante es haber recogido un buen puñado de miradas diferentes sobre un mismo mundo. Así es el arte, esa es la magia de crear. Una realidad de la que cada artista recoge un trozo, lo hace suyo, lo interpreta, lo hace evidente al resto de la humanidad. Y el espacio expositivo un foro para la denuncia, para la catarsis de una emoción personal compartida con muchos otros, listo para hacer verdad una idea gestada en la imaginación. Mejorar el mundo a través del arte, hacerlo más habitable, más respirable.
Al final, es del hombre y sus circunstancias de lo que han hablado todos los artistas que han pasado por ECAT durante este tiempo. Sentado en una silla rota, testigo de perfomances y acciones en calle y sala, creador de trajes para peces, deslizándose entre las trincheras de una guerra existencial en busca del amor más humano, protagonista de historias encerradas en el enigma del espacio tiempo, tras la tristeza de una flor condenada a marchitarse, elevado en un Babel político y silencioso, retratado con cara de perro… Los mil y un rostros de lo humano deslizándose tras el abracadabra mágico de Don Arte.
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